6/28/2011

#013 ...




Cuando me desperté me di cuenta de que había perdido la consciencia durante un tiempo, pero no sabía exactamente cuánto, no recordaba nada de lo ocurrido anteriormente y me asusté. Apenas podía ver a mí alrededor, la luz escaseaba, por no decir que un haz de brill

o entraba por algún lugar que no podía adivinar. Tumbada en el suelo, encogida sobre mi misma reconocí el miedo que me invadía y me avisaba de forma caótica que algo malo había pasado. Seguí asustada. Bajo mi espalda adivinaba una superficie plana, fría, e intuí que serían unas baldosas. Los ojos se me cerraban y mi espíritu intentaba abandonar mi cuerpo, pero debía impedirlo. Ya había

pasado cosas peores, seguro que a esto podría enfrentarme sin flaquear en ningún momento.

De repente el haz de luz se hizo más grande y pude ver lo que tenía a mí alrededor. El suelo se disponía de tal manera que sus baldosas formaban un gigantesco tablero de ajedrez. Me puse en pie y comencé a caminar torpemente. Me dolían las rodillas, notaba mi boca seca y un sabor a hierro, por lo que supuse que sería sangre. Inspeccioné rápidamente mi cuerpo en busca de cortes y heridas pero no encontré absolutamente nada. Después de unos pasos, el largo pasillo en el que me encontraba se doblaba en una esquina no muy lejana para volver a convertirse en otro pasillo interminable.

Antes de admitir mi derrota seguí caminando hacia donde no sabía, simplemente siguiendo el rastro de luz a través de aquella estructura que se dividía en bifurcaciones cuando veía conveniente o rara vez me daba de bruces con una pared, un callejón sin salida. Mi cuerpo no aguantaba el esfuerzo, así que me senté en el suelo, tan frío y liso como antes. Abracé mis rodillas con los brazos y metí la cabeza

entre ellas. Lo tomé como un signo de autoprotección involuntaria, pero mucho más no podía hacer en aquellas condiciones. Intenté descansar pero no podía por el dolor que tenía en mi interior.

Un sonido me hizo ponerme a alerta. Lo reconocía, sabía que lo había escuchado anteriormente en otro lugar, y lo recordaba como algo agradable. Nuevamente me puse en pie y me dirigí hacia la melodía. Cada vez más cerca, solo un poco más… Unos pasos más y habré llegado… Una luz me cegó los ojos. Unas grandes vidrieras se alzaban ante mí. Dibujaban figuras mitológicas compuestas de diferentes colores lo suficiente llamativos como para quedarse embobado mientras las miras. No había tiempo que perder, debía dirigirme lo más rápido posible hacia aquellos golpes instrumentales que llegaban a mis tímpanos.

Como era de esperar, a medida que avanzaba, debería escucharse más cerca, pero n

o. Se mantenía a la misma distancia. Caí en la locura. El aire me ahogaba. Caí tendi

da al suelo sintiendo el latir de mi corazón por todo el cuerpo. Estaba cansada. El frío que me invadía me daba igual, todo me daba igual, no sabía cómo salir de allí.

Unos pasos comenzaron a resonar al otro extremo del pasillo. Asustada me acurruqué en la esquina más cercana con la esperanza de que fuera lo que fuera no me viera, pasara de largo y no me hiciera daño.


Inevitablemente alcé la vista y vi una figura alta, vestida enteramente de negro, con un sombrero de copa y un arco para tocar un instrumento de música en su mano. La luz aumentó pudiendo así distinguir algo más de la figura, que lentamente se acercaba a mi mientras sus pasos resonaban en aquel lugar. Era un hombre joven, de complexión delgada, una altura considerable. Vestía con unos pantalones negros, algo que llegué a ver como unos zapatos informales y una chaqueta abierta, dejando al descubierto su torso desnudo. De su cuello colgaba un collar formado por unas piedras granates. Tenía el pelo largo y negro. Su cara, pálida como su cuerpo, representaba una belleza excepcional. El sombrero tapaba su mirada, que pude adivinarla como una mirada profunda, unos ojos que si los miraba no saldría de ese encanto.

Una ráfaga de viento, sin origen conocido, atravesó a aquel hombre, haciendo que la chaqueta se deslizara hacia atrás, dejando a la vista gran parte de su torso. En la cadera, vi un tatuaje que apenas pude descifrarlo. Seguía acercándose a mi. Volví a esconder mi cabeza entre mis brazos. Me habló, su voz era grave con un toque de dulzura.

-Al fin he podido encontrarte, no sabes cuánto tiempo he estado esperándote- aturdida levanté la cabeza para observarle mejor, si aún me quedaba duda que estuviera allí. No pude pronunciar ni una palabra- Te he buscado por cada recoveco de este maldito laberinto pero era incapaz de ver algún indicio de que habías estado aquí, si pisadas, ni ruidos, nada.Se quedó mirándome, como si esperara que alguna respuesta, o incluso excusa brotara de mi boca.

-Lo único que te pido es que no me hagas daño, no sé donde estoy, no

sé quién eres, no me reconozco ni a mi misma…-Me miró atónito, como si estuviera loca de verdad, cosa que yo no dudaba-.

Tendió mi mano hacia mi, para que me levantara. Vacilé unos segundos, pero finalmente me rendí y le tendí mis dos brazos para que me ayudara. Una vez en pie me abrazó con muchísima fuerza.
-No quiero que te vayas, me habían dicho que volverías, que vendrías de nuevo, no sé si a buscarme, pero podría volver a verte, abrazarte, recordar una y otra vez todas las veces que he pasado por esto.

Se separó de mi y mirándome a los ojos se aproximó a mi boca. Me besó. Las emociones se acumulaban en mi cabeza, no sabía que estaba pasando. Sus labios me transmitían un calor especial, intentaba recordar y sabía que ya había estado con él, eso ya lo había vivido, no podría decir cuando, si en otra época, quizá otra vida…


Bajo mis pies sentí presión, algo me desgarraba por dentro. Pude sentir una lágrima sobre mi cara. No era mía, sino suya. Separándose de mí, me susurró que todo esto terminaría algún día, que jamás iba a parar de buscarme, jamás, sólo debía prometerle que le esperaría. Lo hice, se lo prometí, hice la promesa de esperar.
Mientras mi cuerpo parecía desintegrarse me preguntaba qué estaba

pasando, a qué se supone que debía esperar. Estaba confusa… Una luz blanca me iluminó…

Me desperté sobresaltada, sudando, agitada. Muchas veces tenía sueños extraños, pesadillas horribles, pero al fin y al cabo tan solo eran eso. Una vez más me tranquilicé, nuevamente era otro sueño extraño. Me senté en la cama para poder respirar bien. ¡Era imposible!¡Si tan solo había sido un sueño, ¿qué hacía eso allí?! Sobre la silla que se encontraba al lado de mi ventana se encontraba un sombrero negro, de copa, un arco de violín y un papel en el que escrito a pluma, con buena caligrafía podía leerse. ‘Prométeme que me esperarás’