4/01/2014

#873

Creo en el poder de las palabras. Quizá sea lo que nos quede a mucho dentro de un tiempo de escasez. Por eso me gusta leer. De todos los autores y estilos. En todo libro, por muy fantasioso que sea el autor siempre expresa su verdad, por pequeña e inapreciable que sea.

Mi autor favorito es Zafón. Me adentro en sus libros de tal manera que saboreo todas y cada una de sus páginas, apunto sus expresiones, incluso hago que las vivencias de sus personajes sean las mías. Hace apenas cuatro días me propuse releer uno de sus libros y dentro de mi algo despertó.  Quizá sea algo raro, realmente no lo sé, pero probad a releer un libro después de un tiempo y veréis las cosas desde otro punto de vista.

El libro al que me refiero se llama ‘Marina’. Nada más regalármelo me lo leí, no paró dos minutos en mis manos y ya me adentré en la historia; de eso hace poco menos de dos años. Por aquél entonces por mi cabeza no rondaban las cosas de ahora. Me podían preocupar los estudios (preocupación que de hecho, sigue latente), el salir, tener el carné y respectivo coche, un tatuaje… Todo mirado desde ahora pueden ser tonterías, aunque todo ello lo consiguiera, pero ahora sé que hay muchas cosas más que valorar.
A lo que íbamos, el libro cuenta la historia de un chico que vive en un internado, hasta que un día sale y descubre un caserón en un barrio apartado de la antigua Barcelona, allí conoce a Marina y su padre. El argumento reside en una investigación por parte de los chicos totalmente arriesgada. Después de todo (y siento desvelar el final), Marina confiesa que sufre una enfermedad que acabará con su vida, pero queriendo ser ‘egoísta’ (que desde mi punto de vista no lo es para nada) decide no contárselo a Óscar, su amigo, para pasar tiempo con él, quizá por un miedo al rechazo. Cuando Marina muere, Óscar vaga por la ciudad sin rumbo fijo, hasta que quince años después decide contarlo…

La primera vez que el libro cayó en mis manos, comprendí que la pérdida de alguien así puede ser dura, pero no fue más allá de ello. Ahora por desgracia lo comprendo mejor que nunca. Realmente no sé si dar gracias o no al libro por abrirme a contar esto por fin. Supongo que parte a Zafón y la gran parte a mi novio.
Hace algo más de un año, estando tranquilamente dando un paseo, mi mejor amigo me llamó para decirme que un amigo había fallecido. De repente el mundo se me cayó encima pensando que hacía apenas cinco días lo había visto a las puertas de mi clase. Era algo que no acababa de aceptar, era imposible… y para mí lo sigue siendo por mucho que me cueste. Me fui corriendo, cogí el coche y fui hasta allí, donde estaban todos, donde veía que lo único que teníamos en común desde hacía un tiempo era él.
A día de hoy aún retumban en mi cabeza las últimas palabras del día siguiente: ‘que descansé en paz’. Siguen persiguiéndome día y noche, sigo pensando que habría hecho lo posible para que nada de eso hubiera pasado. Tardé prácticamente dos semanas en dormir, incluso más. Mi cabeza no paraba hasta que el cansancio era más fuerte que yo.

Aún hay días, en los que mi cabeza toma la iniciativa de no admitir esa parte de mi vida, de salir de clase y esperar a verlo ahí, esperando a entrar, saludarle con la mayor normalidad del mundo, sabiendo que me lo encontraría todos los días, sabiendo que era un apoyo en la universidad… Pero realmente todo aquello ya se acabó, todo se acabó para él. Sigo sin aceptar nada. Dicen que la mente suprime los recuerdos dolorosos, pero también es cierto que una persona solo muere cuando la última persona que le recuerda se va con él… Quiero recordar tal y como fue, como eran aquellas tardes en los que estábamos todos juntos, cuando no teníamos apenas preocupaciones, cuando éramos solos unos críos jugando a ser mayores…
Sólo quiero que allí donde esté sepa que los que estamos aquí lo echamos de menos y que lo seguimos queriendo de la misma manera.


Descansa en paz amigo.